Si buscamos al culpable de la crisis, seguiremos perdiendo tiempo

Casi en simultáneo al efecto viral que produjo la crisis financiera global, el periodista Paul Farhi, del Washington Post, publicó un interesante análisis en el American Journalism Review/AJR. Ya el título aludía a una sentencia casi incontrastable: “Los periodistas no somos culpables de la caída de los periódicos”.

Si ya está tentado por saber qué pienso al respecto, le comento que estoy parcialmente de acuerdo con ello. ¿Por qué? Porque en la industria del periódico, durante mucho tiempo, hemos venido escuchando expresiones tales como: “el periodista ya sabe lo que le interesa al lector” –pero no como resultado de una investigación ad-hoc– u otra más llamativa aún: “El lector no sabe lo que quiere”. Entonces, y sin darse ni darnos cuenta, el periodista ha estado haciendo profesionalmente su trabajo de espaldas al mercado, es decir, escribiendo fundamentalmente para él mismo.

Lo dicho precedentemente para nada tiene una connotación agresiva ni despectiva hacia la profesión, por la sencilla razón que el periodista no era el único que procedía de tal manera. Lo mismo venía dándose en la mayoría de las industrias, porque era la forma imperante de encarar las cosas poniendo el foco y la pasión en la fabricación del producto; el cliente-mercado era algo que luego se abordaba en una segunda instancia de importancia-prioridad. Y si bien esta práctica definitivamente tendría que haber quedado postrada en el olvido hacia principios de la década de 1990 –inicio de la nueva economía del conocimiento y de la información– todavía algunos la vienen aplicando, a pesar de los magros resultados que obtienen.

Es decir que a la fecha la industria del periódico tuvo casi 20 años para poder anticiparse al cambio, reformulando una nueva estrategia corporativa y de negocios, para así poder ir capitalizando experiencias y resultados acordes con las oportunidades que comenzaron a venir de la mano de las tecnologías y del rol-poder que fue asumiendo el cliente. Pero todos bien sabemos que para nada ello fue así. Por el contrario, toda vez que aparecía un nuevo paradigma –Internet, periódico gratuito, celular– se terminaba atacando y racionalizando sus aspectos negativos, tal vez por resistencia al cambio o falta de conocimiento de los nuevos comportamientos sociales y de consumo que comenzaban a registrarse.

Mientras todo esto ocurría, la circulación del periódico proyectaba una tendencia negativa que, a la fecha, parece no tener piso alguno. Los ingresos publicitarios también vienen marchando en similar sintonía porque hoy el anunciante, con prácticamente la misma base presupuestaria, necesita salir al encuentro del target objetivo a través de medios cada vez más fragmentados.

Vemos pues que desde esta mirada el periodista no es responsable ni culpable del magro nivel de respuesta que hoy logra el modelo clásico del periódico. Hacer más de lo mismo, aunque se le inyecte altas dosis de calidad, dejó de tener el resultado del ayer.

Entonces, en lugar de salir de caza imaginaria para tratar de entender y eventualmente racionalizar la crisis, se impone en forma realmente “urgente” –pues reitero que ya han pasado casi 20 años del nuevo orden económico– para la reformulación estratégica del negocio periódico, porque la opción ya no pasa por las plataformas –papel + digital– sino en la búsqueda de una innovación en el valor que permita dar una nueva solución al cliente, tanto lector como anunciante. También será muy oportuno no olvidarse, en esta reformulación, que los medios tradicionales dejaron de ser “masivos”, por la sencilla razón que el mercado hoy desea ser tratado como individuos; la tecnología hoy les da la razón de tal actitud y prioridad.

Mientras tanto, si uno desea conocer con mayor detalle cómo esta realidad está golpeando fuertemente a la industria del periódico en los Estados Unidos, bien vale la pena leer el mencionado artículo de Paul Farhi. Esta situación por supuesto que no es exclusiva de los Estados Unidos: también impacta en Europa. Entonces, tengamos mucho cuidado en pretender subestimarla los que estamos establecidos en América Latina. ¿Por qué? Porque nosotros también formamos parte de la aldea global, nos guste o no.

Frente a una crisis, antes uno actuaba con cautela, reducía el nivel de la actividad y los gastos, y seguramente se llegaba a buen puerto. Pero en la nueva economía esas recetas ya no funcionan. La crisis demanda respuestas rápidas, audaces –con los pies en la tierra– e innovadoras. No se trata de copiar sino de CREAR algo diferente y superlativo. Es lo que habitualmente nos enseñan los líderes, aquellos que justamente no hacen lo que todos hacen porque saben que así ellos también pasarán a formar parte del rebaño. Y lo bueno es que en nuestra industria siempre hay algunos que nos dan el estímulo para hacernos reflexionar que ello sí es posible. Tal como recientemente lo acaba de anunciar el editor News International de Gran Bretaña.

De lo que se trata, entonces, es de capitalizar el presente caos, justamente porque allí se ocultan los nuevos paradigmas que esperan ser concretados.

José Podestá – Editor

domingo, 12 de octubre de 2008